La historia de Scapa Flow
Share
Scapa Flow: Historia de un Fondeadero Naval Legendario
Un refugio desde tiempos vikingos
En las remotas islas Orcadas, al norte de Escocia, yace Scapa Flow, un extenso fondeadero natural que ha sido testigo silencioso de algunos de los episodios más dramáticos de la historia naval británica. Este cuerpo de agua, rodeado por las islas de Mainland, Graemsay, Burray, South Ronaldsay y Hoy, abarca aproximadamente 312 kilómetros cuadrados de aguas relativamente tranquilas, con profundidades que raramente superan los 60 metros.
El nombre mismo del lugar evoca su herencia nórdica: Skalpaflói, que en nórdico antiguo significa "bahía del istmo largo". Durante siglos, los navíos vikingos encontraron refugio en estas aguas, aprovechando su ubicación estratégica y sus condiciones naturales favorables. Sin embargo, durante las guerras napoleónicas de principios del siglo XIX, el Almirantazgo británico comenzó a considerar seriamente su potencial, utilizándolo como fondeadero para buques mercantes que aguardaban escolta hacia los puertos del Báltico.
El despertar de una base naval (1904-1914)
A principios del siglo XX, con la creciente rivalidad entre el Reino Unido y Alemania, la ubicación estratégica de Scapa Flow adquirió una importancia crucial. Los almirantes Fisher y Jellicoe reconocieron que este fondeadero natural ofrecía un punto ideal desde el cual la Royal Navy podría controlar las aproximaciones al Mar del Norte y al Atlántico Norte. En 1904, Scapa Flow fue designado como la nueva base principal de la Gran Flota Británica.
No obstante, cuando estalló la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914, las defensas eran prácticamente inexistentes. Se confiaba en que las fuertes corrientes mareales del Pentland Firth y los peligros naturales de navegación serían suficiente disuasión. Apenas cuarenta y ocho horas después de la declaración de guerra, la Gran Flota zarpó hacia Scapa Flow. Los alemanes, que habían planeado hundir la flota británica con submarinos al abandonar sus bases, "perdieron" temporalmente el rastro de la Gran Flota, tan bien guardado había sido el secreto de su nueva ubicación.
Durante esos primeros meses, las instalaciones eran virtualmente inexistentes. Los buques nodriza Cyclops y Assistance llegaron para actuar como base avanzada para las flotillas de destructores, mientras se construían apresuradamente defensas: baterías costeras, redes antisubmarinas y viejos buques mercantes hundidos como "blockships" para bloquear los canales de acceso.
La Gran Guerra y sus tragedias (1914-1918)
Desde esta base fortificada, la Gran Flota operó durante toda la Primera Guerra Mundial. En junio de 1916, los buques partieron de Scapa Flow para enfrentarse a la Flota de Alta Mar alemana en la Batalla de Jutlandia, el mayor enfrentamiento naval de la guerra. Aunque en términos de pérdidas los alemanes podrían reclamar una victoria táctica, la Royal Navy mantuvo su dominio estratégico del Mar del Norte.
Las aguas de Scapa Flow fueron también escenario de tragedias devastadoras. El 5 de junio de 1916, el crucero HMS Hampshire, que transportaba al Ministro de Guerra Lord Kitchener en una misión a Rusia, chocó con una mina y se hundió con la pérdida de 737 vidas, incluido el propio Kitchener. Apenas trece meses después, el 9 de julio de 1917, el acorazado HMS Vanguard explotó misteriosamente mientras estaba anclado, matando a 843 de sus 845 tripulantes en uno de los desastres más mortíferos de la guerra.
Los alemanes intentaron en dos ocasiones penetrar las defensas con submarinos: el U-18 en noviembre de 1914 fue embestido y hundido, mientras que el UB-116 en octubre de 1918 fue detectado por hidrófonos y destruido por minas accionadas desde tierra, demostrando la efectividad de las defensas mejoradas.
El hundimiento de la Flota de Alta Mar alemana (21 de junio de 1919)
El episodio más extraordinario en la historia de Scapa Flow ocurrió tras el armisticio de noviembre de 1918. Como parte de los términos del cese al fuego, 74 buques de la Kaiserliche Marine alemana fueron internados en Scapa Flow mientras se negociaba el Tratado de Versalles: 9 acorazados, 5 cruceros de batalla, 8 cruceros ligeros y 52 destructores.
Bajo el mando del contralmirante Ludwig von Reuter, la flota alemana permaneció anclada en condiciones cada vez más precarias. Las tripulaciones, reducidas a efectivos mínimos y desmoralizadas tras meses de inactividad, aguardaban un destino incierto. Los Aliados no lograban ponerse de acuerdo: Francia e Italia querían repartirse los buques, mientras que Gran Bretaña prefería verlos destruidos para mantener su superioridad naval relativa.
Al conocer los términos preliminares del Tratado de Versalles en mayo de 1919, von Reuter comenzó a planear meticulosamente el hundimiento de su flota. El tratado exigía la entrega de los buques para el 21 de junio, y el almirante alemán, creyendo que esto significaba su inminente confiscación, decidió actuar. Sin saberlo él, el plazo había sido extendido hasta el 23 de junio.
La mañana del 21 de junio de 1919, la fortuna favoreció a von Reuter: el Primer Escuadrón de Batalla británico, al mando del vicealmirante Sydney Fremantle, zarpó para realizar ejercicios de tiro con torpedos, dejando solo una pequeña fuerza de vigilancia. A las 10:30 horas, von Reuter izó la señal de banderas desde su buque insignia, el crucero ligero Emden: "Párrafo Once Confirmar".
Era la orden codificada para hundir la flota.
Uno a uno, los comandantes alemanes abrieron válvulas de inundación, rompieron tuberías de agua de mar, abrieron portillos y compuertas estancas. En un último gesto de desafío, muchos buques izaron las banderas imperiales alemanas, prohibidas desde su internación. A mediodía, el acorazado Friedrich der Grosse comenzó a escorarse violentamente. Durante las siguientes cinco horas, en un acto de sabotaje masivo sin precedentes en la historia naval, 52 de los 74 buques se hundieron en las aguas de Scapa Flow.
Los británicos, al darse cuenta de lo que ocurría, intentaron desesperadamente salvar algunos buques remolcándolos a aguas menos profundas. Solo 22 pudieron ser varados a tiempo. En el caos, las fuerzas británicas abrieron fuego contra los botes salvavidas alemanes, matando a 9 marineros e hiriendo a 16. Estos serían los últimos muertos de la Primera Guerra Mundial.
Von Reuter y casi 1,800 de sus hombres fueron capturados. Mientras los Aliados condenaban el acto como deshonroso, en Alemania fue celebrado como una restauración del honor de la marina en tiempos de humillación nacional. El almirante británico Wemyss, paradójicamente, expresó cierto alivio: "Resuelve, de una vez por todas, la espinosa cuestión de la redistribución de estos buques".
Las operaciones de salvamento (1919-1946)
Lo que parecía una tumba permanente para la Flota de Alta Mar alemana se convirtió en el escenario de una de las operaciones de salvamento más ambiciosas jamás emprendidas. Las 400,000 toneladas de acero hundido representaban tanto un peligro para la navegación como una oportunidad comercial.
Ernest Cox, un emprendedor británico, compró 28 de los buques hundidos en una operación que la mayoría consideró imposible. Con técnicas innovadoras y determinación extraordinaria, Cox y su empresa Cox and Danks Ltd. lograron reflotar los buques más pequeños usando muelles flotantes y cables. Para los buques mayores, desarrolló una técnica revolucionaria: después de sellar todos los agujeros del casco, bombeaban aire comprimido para expulsar el agua y hacerlos flotar boca abajo. El punto culminante fue el reflotamiento del SMS Hindenburg, de 28,000 toneladas, en 1930.
Para mediados de los años 1940, la mayoría de los grandes buques habían sido reflotados y desguazados. Solo siete permanecen en el fondo: tres acorazados (König, Kronprinz Wilhelm y Markgraf) y cuatro cruceros ligeros (Brummer, Cöln, Dresden y Karlsruhe), ahora protegidos como monumentos históricos programados por Historic Environment Scotland desde 2001.
La Segunda Guerra Mundial: nuevos desafíos (1939-1945)
A pesar de su lejana ubicación de los aeródromos alemanes, Scapa Flow fue seleccionado nuevamente como base principal de la Home Fleet británica durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, las sólidas defensas de la Primera Guerra Mundial habían caído en el abandono: las defensas antiaéreas eran obsoletas, los "blockships" se habían deteriorado y las redes antisubmarinas consistían en simples alambres.
El 14 de octubre de 1939, apenas seis semanas después del inicio de la guerra, el submarino alemán U-47, comandado por el teniente Günther Prien, logró la impensable hazaña de penetrar las defensas y hundir el acorazado HMS Royal Oak. En una noche de audacia extraordinaria, Prien navegó a través de Kirk Sound, lanzó sus torpedos y escapó sin ser detectado. El Royal Oak se hundió en apenas trece minutos con la pérdida de 833 vidas de una tripulación de 1,400 hombres. El pecio permanece como tumba de guerra protegida.
Tres días después, bombarderos Junkers Ju 88 de la Luftwaffe dañaron gravemente al veterano acorazado HMS Iron Duke, buque insignia en Jutlandia, que ahora servía como nave base.
Estos ataques expusieron la vulnerabilidad crítica de Scapa Flow. Winston Churchill ordenó inmediatamente la construcción de una serie de diques para bloquear las entradas orientales: las famosas "Barreras de Churchill", construidas por prisioneros de guerra italianos entre 1940 y 1944. Estas impresionantes estructuras de hormigón y bloques de piedra no solo protegieron la base naval, sino que también proporcionaron conexiones viales permanentes entre las islas que permanecen hasta hoy.
Nuevas defensas fueron instaladas rápidamente: más "blockships", campos de minas, baterías costeras y antiaéreas, y la base aérea RAF Grimsetter (posteriormente HMS Robin). Desde esta base reforzada, Scapa Flow sirvió como punto de partida para los convoyes del Ártico, una de las operaciones navales más peligrosas de la guerra.
El ocaso y el legado (1945-presente)
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la base naval de Scapa Flow mantuvo una presencia reducida. El 29 de marzo de 1957, la Bandera Blanca de la Royal Navy fue arriada por última vez, marcando el cierre oficial de la base bajo la política de racionalización de las fuerzas armadas británicas. Sin embargo, las instalaciones de combustible permanecieron en uso como depósito de la Armada y las fuerzas de la OTAN hasta 1976.
Hoy, Scapa Flow ha encontrado una nueva vida como centro de la industria petrolera del Mar del Norte, con el terminal petrolero de Flotta procesando petróleo de los campos Piper, Claymore y Tartan a través de un oleoducto submarino de 128 millas. La acuicultura, la pesca y el turismo también prosperan en estas aguas históricas.
Para los buzos, Scapa Flow representa uno de los destinos de buceo en pecios más prestigiosos del mundo. Los siete buques alemanes que permanecen sumergidos —ahora cubiertos de vida marina, anémonas, estrellas de mar y erizos— atraen a miles de visitantes cada año. Pocas lugares en el mundo ofrecen la oportunidad de explorar tres acorazados dreadnought y cuatro cruceros de la Primera Guerra Mundial en profundidades accesibles para buzos recreativos.
El Museo de Scapa Flow en Lyness, en la isla de Hoy, preserva esta rica herencia naval, mientras que el Centro de Visitantes de Scapa Flow ofrece una ventana a los dramáticos eventos que se desarrollaron en estas aguas. Los restos físicos —desde las Barreras de Churchill hasta los pecios hundidos— sirven como recordatorios tangibles de una era en la que este remoto fondeadero escocés estuvo en el epicentro de los conflictos mundiales.
Reflexión final
Scapa Flow permanece como un testimonio extraordinario de la historia naval del siglo XX. Desde su modesto uso por comerciantes vikingos hasta convertirse en el principal bastión naval del Imperio Británico, desde el espectacular hundimiento de la Flota de Alta Mar alemana hasta su papel crucial en dos guerras mundiales, estas aguas han sido escenario de drama, tragedia, innovación y valor.
Bajo sus tranquilas superficies reposan no solo los restos de buques de guerra, sino también las historias de miles de marineros —británicos, alemanes, australianos— que sirvieron, lucharon y, en muchos casos, encontraron su tumba final en estas remotas islas del norte. Es un lugar donde la historia se siente palpable, donde cada ola que rompe contra las costas de las Orcadas parece susurrar los ecos de una época que definió el curso del siglo XX y el destino de naciones.